Oslo

Oslo, una buena ciudad para disfrutar del frío de diciembre, para ver cuervos a pocos metros de tu cabeza, para saber cómo son las puestas de sol antes de las cuatro de la tarde…

Visité esta capital -dicen que la más cara de Europa- con mi amigo Photogenia Pepe y sus inseparables cámaras analógicas; ciudad elegante y avanzada, donde los yonkis hablan en perfecto inglés y ni siquiera los policías van armados, a no ser que se le entregue un premio Nobel de la Paz a algún presidente norteamericano.

Me habían premiado una pieza de videoarte para cuatro pantallas titulada Antena, en ATOPIA , y el galerista y artista de origen iraní Farhad Kalantari ejerció como buen anfitrión: nos invitó a comer y nos habló de usos y costumbres de Noruega. Las cuatro pantallas eran visibles desde la calle, justo enfrente de una parada de autobús, y quienes allí esperaban podían relajarse contemplando el paso de las nubes y la evolución de las parvadas de pájaros alrededor de una antena que estuve filmando durante varios meses, siempre desde el mismo punto, en una azotea.

A veces he pensado que dicho premio causó una suerte de efecto dominó, pues a partir de esa fecha empecé a ver cómo otros trabajos eran seleccionados en pequeños (y medianos) festivales de todo el mundo.

Antes de terminar el viaje tuvimos una sesión de fotos en un psiquiátrico abandonado, con una muy creativa modelo de origen brasileño, Celestina, otra buena anfitriona que aguantó temperaturas cercanas a 0º y nos salvó para llegar a tiempo al avión de regreso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *